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RENACER

Como madre, una de mis mayores preocupaciones es la relación con mis hijos. Y desde hacía un tiempo, sentía que no estaba acabando de conectar con ellos, que había algo que me hacía sentir distante y también lo notaba en ellos. Eso me generaba mucha preocupación, pero no sabía bien qué podía hacer.

 

Cuando llevé el tema a constelar, vi claramente reflejado lo que estaba sintiendo. Ahí estaba yo, mirando de frente a mis criaturas, deseando que lo hicieran. Y al otro lado de la sala, se encontraban ellos dos, abrazados o cogidos de la mano. El pequeño, de cinco años, no quería mirarme, y la mayor, aunque lo hacía, confesaba que había algo que no le gustaba demasiado cuando me miraba.

 

Como en muchas otras situaciones en la vida, pensamos si esto podría estar relacionado con mi propia infancia, con la relación con mis progenitores. Así que entró mi madre en escena. Rápidamente, mis hijos fueron a acercarse a su abuela, y se quedaron los tres entrelazados. Aun así, mi madre intentaba hacer de mediadora, acercándolos a mí con cariño.

 

El pequeño se sentó como para no dejarse mover más, cerca de su hermana, pero dándome el perfil. Yo me senté también en el suelo, e intenté acercarme poco a poco. Mi madre, aún cogida de mi hija, me acarició en cuanto llegué a sus pies.

 

Mi hijo se levantó de golpe y se fue hacia el otro lado de la sala, alejándose al máximo de mí y queriendo darme la espalda. Mirando, igualmente, a su hermana, intentando que viniera con él, arrastrarla lejos de mí.

 

Yo, al ver lo poco que me miraban, me iba sintiendo cada vez más pequeña, quería hacer algo, pero tampoco quería agobiarlos.

 

Mi madre, resolutiva, me ayuda a levantarme del suelo y junta mis manos con las de mi hija mayor. Nos deja que nos cojamos ambas, que nos miremos, y ella se aleja un poco, dándonos espacio. La escena le hace sentir bien, aunque sigue teniendo un ojo puesto en el pequeño, que es el único que está lejos de nosotras ahora mismo. Las tres lo miramos, como juega de espaldas a nosotras.

 

En este momento entró mi padre en escena, y no dudó en colocarse detrás de mí, dándome su apoyo. Eso me hizo sentir mucho mejor, mucho más segura. Cuando entró él, mi madre vino a colocarse a su lado. Los dos me apoyan, y me impulsan hacia adelante sin interponerse.

 

Le preguntamos al pequeño cómo estaba. ¿Hay algo que haya cambiado en él? ¿Se sentirá más cómodo conmigo ahora?

 

Pero no, quería jugar, necesitaba jugar. Y yo no era lo suficiente divertida, se divertía mucho más con otras personas. Cuando pienso en mi niño, fuera de ese momento, él siempre me busca para jugar, siempre quiere jugar conmigo. Pero en la realidad, soy yo quien lo rechaza un poco, y aunque juegue, lo hago sin conectar realmente, distanciándome de ello.

 

Viendo que con mi hija ya habíamos conectado de nuevo, estábamos abrazadas. Y teniendo en cuenta que mi parte de la familia no había provocado nada más que seguridad en mí. Tenía que aparecer mi marido, el padre niño.

 

Su aparición, lamentablemente, tampoco generó mucho cambio. Con los años ha aprendido a estar un poco más presente en la crianza, pero parecía que ese no era el tema.

 

La facilitadora hizo entrar una representante para mi niña interior, esta estaba tan alejada de mí como mi hijo.

 

Le preguntó a mi niña interior que necesitaba y ella le dijo que yo no la quería.

 

Hable largo rato con mi niña interior y le prometí ir a terapia para atenderla y cuidarla. Y poco a poco me pude ir acercando a ella hasta que me permitió abrazarla y, en ese momento, mi hijo pequeño vino corriendo y nos abrazó a las 2.

 

 

 

¡¡Aprendí que para atender a nuestros hijos primero necesitamos atendernos a nosotros!!